| |
“En aquel tiempo, Sospiaco era una pequeña aldea situada a media ladera de una frondosa montaña. Sus casas, humildes y grises, construidas con piedras irregulares y con tejados de cuelmo, se entremezclaban entre diminutos huertos. Monte arriba, alzadas hasta la cumbre y tendidas al sol, las tierras de labrantía se aferraban a la montaña mediante laboriosas terrazas. Ladera abajo se alternaban pastizales y bosques, hasta interrumpir su juego en las márgenes de un gran lago, que confinaba en sus aguas cristalinas y diáfanas un pedazo de cielo rodeado de montañas. EL pueblo se extendía y bordeaba, apacible, una huerta fértil y llana, para encaramarse repentinamente a la vertiente de la montaña. A su vera y aguas abajo, se levantaban un monasterio y una iglesia románica, sólidos y bien proporcionados, que contrastaban con la eventualidad y la anarquía de las moradas… . Los ojos, desde lo alto, descubren todo el esplendor del paisaje. La grandiosidad de las montañas, con sus cumbres todavía blancas. La majestuosidad de los robles centenarios, con sus ramas curvadas ocupando un gran espacio. El vértigo que transmiten las rocas, colgadas del precipicio: todo ello se multiplica al reflejarse con total nitidez en la limpia superficie del lago” Sospiaco, la tierra que me envuelve. |
|